9 de julio de 2011

Vuele bajo: Esta mañana me llamó mi tía Nelsa a contarme que a Facundo Cabral lo mataron en la madrugada de hoy. Un poco absorto reparé en su expresión "lo mataron", un poco obvio le pregunté si en serio había muerto asesinado. La respueta de mi tía se diluye en mi memoria reciente pero estaba impregnada de un total desencanto, como si no le resultara sorprendente lo fácil que es encontrar un sicario muerto de hambre en cualquier parte del Tercer Mundo dispuesto a lo que sea. Entendí.

Mi relación con la música de Facundo Cabral, como tantas otras, está directamente anclada al vetusto armario que mi tía tenía lleno de casetes hace más de media vida mía. Algunos sábados en la mañana escuchábamos las letanías de Facundo mientras ella ordenaba y yo hacía alguna pendejada. Alguna vez lo vimos juntos en El Campín al lado de otros viejos trovadores.

Hace tres o cuatro meses, y no sé cómo explicar esto, la figura de Facundo Cabral se convirtió en una pequeña obsesión para mí. No eran buenos días, eran tristes y apagados pero una melodía resonaba en mi cabeza, sabía que era de él y que él la cantaba. Entonces empecé a buscar, leí entrevistas y biografías suyas estableciendo conexiones directas con algunos de mis cantautores favoritos como Roy Orbison o Merle Haggard -mitomanía, lo llaman algunos-, escuché algunas de sus muchas canciones que me devolvían al cuarto de Nelsa y a su vetusto armario, hasta encontrar la que necesitaba. No sabía que se trataba de una de sus grandes obras, una oración bellísima que hizo efecto en mí de manera contundente. Luego volví a él como quien va a una terapia. Así fue.

Justo ahora sólo me embarga un profundo sentimiento de asco. Seguro que él no lo consentiría.

 

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