4 de marzo de 2010

Tears of rage (1968): Mi amor con The Band fue a primera vista y se llamó The Last Waltz. En la enorme película del grandioso Scorsese me encontré con cinco tipos añejos y cargados de una historia que podría resumir el rocanrol y sus raíces. Su sonido abarca todo lo supremo y divino que ha dado la tierra fértil del sur de los Estados Unidos. Suficiente con mirar la lista de amigos que participaron aquella noche a afinales de 1976 en el Winterland Ballroom en San Francisco para comprobar de qué iban estos tipos.

Entre ellos uno se destacaba ante mis ojos y mis oídos, el "cantante solista" de la banda, como lo llamaban los demás -en The Band tres de los cinco multiinstrumentistas cantaban-. Recuerdo la escena en la que aparece echado en un sofá contándole a Scorsese cómo sobrevivían en los días duros, antes de Dylan y la gloria eterna, robando pan y salchichas en algún supermercado; allí vi a un ser desvencijado del mundo y solitario, que sabía que algo le faltaba para estar completo, pero que sabía también que nunca encontraría la rueda que desde antes del principio se le había escapado y lo había condenado a un sino trágico.

Pero frente al piano y al micrófono las cosas cambiaban mucho. La maestría afloraba de sus dedos y su frágil voz -que lo conectaba con su mundo personal-, para sentar cátedra de soul, blues, gospel, country y rocanrol; para insuflar vida -de su poca vida- en las almas que también han buscado su propia rueda suelta. Al escucharlo, su voz cascada y ese falsete escalofriantemente hermoso se convierten en la luz que todo lo-cura.

Una noche después de un concierto, el ángel caído decidió no buscar más y colgarse de una soga eel baño de un hotel. Luego brilló para siempre.

La sensibilidad devastadora de Richard Manuel selló la carrera de The Band con esta canción que abre la discográfia del mejor grupo norteamericano de todos los tiempos.

 

1 comentario:

Té la mà Maria - Reus dijo...

leyendo y dando una vuelta por tu blog
un abrazo desde Reus