7 de abril de 2012

Let's all make believe (1999): Como bolas de nieve, las mentiras.

 

4 de abril de 2012

En la vereda del sol (1981 - 2000): Hoy es día de fiesta, Ana María está cumpliendo años. La conocí en 2002 cuando éramos más pequeños y la risa llegaba con cada segundo acompañada de la amargura. Desde ese día la quiero. Hace unos años le regalé este soneto. Una canción y un soneto para todos los días de la vida con Ana María.  

TE VI POR LA TEVÉ  
Para Ana María Amaya-Villareal

Saliste en las noticias de las siete,
montando guardia a Charly enamorada,
un hola sin adiós, un cuento de hadas,
de discos, polaroids y brazaletes.

Te vi por la “tevé” y luego en un coro,
cantando soledades parisinas,
yo hacía de faquir, tú de Alfonsina,
bebiéndonos en Sigel el tesoro.

Cuarenta días después y un año menos,
me olvido de tu santo y mi tatuaje
y acepto sin decoro tu venganza.

Los discos de Joaquín no son tan buenos
si no brindo contigo, y no es chantaje,
o me llamas o tú pagas mi fianza.


 

30 de marzo de 2012

Better days (1983:) "¿Y bien?, preguntó. Llueve, contesté. Ya lo sabías, ¿no?, preguntó ella. Sí, contesté. Me senté junto a la ventana. Miré hacia el jardín, pero sólo me encontré con el reflejo de la habitación y el de Lucy. Al cabo de un rato, sin levantar la vista de las cartas y con una voz completamente cotidiana, dijo: No tengo más que pellizcarme el brazo para saber que existo. Incluso tratándose de Lucy era una afirmación muy contundente, y si la intepreté como una acusación, lo atribuyo a esa sensación de haber sido engañado, una sensación que no se había esfumado al volver a casa y encontrar borradas todas las huellas de lo que había visto desde la valla. Estuve a punto de darle una respuesta irónica, pero me controlé. No dije nada, ni siquiera me volví hacia ella, sino que continué observando su reflejo en el cristal de la ventana."
Kjell Askildsen. El comodín - Un vasto y desierto paisaje. 1991

   

27 de marzo de 2012

My melancholy blues (1977): La alarma de mi intuición me insiste en todo momento que aún no resuelvo algunos asuntos pendientes que, a día de hoy, ya me resultan baladíes, o casi.

 

22 de febrero de 2012

Otra eternidad(2008): A unas horas del concierto de hoy... Entre las cosas más inexplicables de la vida se encuentra la emoción que genera una canción. Quizás sea lo más bonito de ellas, que emocionan. Anoche en un concierto en el norte de Bogotá, el artista, protagonista de la noche, poco consiguió emocionarme. Casi no enciende el fuego necesario. A la mayoría sí. Mientras pensaba en el concierto de esta noche, pensaba en la emoción, en el público bogotano, en lo poco exigente que es y a su vez tan entregado. Quizás así sea el público de todo el mundo y de toda música. No lo sé. Pensaba también en la emoción que me generan las canciones de Andrés Correa, el escritor de canciones colombiano que más me gusta y con el que tengo el enorme gusto de trabajar. No hay concierto alguno en el que Andrés, con cinco discos editados y toda una vida aún por delante, no ponga todo de su parte. La ley del mínimo esfuerzo en él no existe. No hay concierto alguno de Andrés en el que no me haya emocionado. Escuché las primeras grabaciones de sus nuevas canciones y, sin temor a equivocarme, encuentro la fuerza sagrada que adivierte ese artilugio llamado canción. Me emocionan tanto como espero que hoy en la noche emocione a los asistentes. Privilegiados ellos. Será a las 8:00 de la noche en el Teatro R101 (Calle 70 A Nº 11-29) Esa nueva cosecha conecta profundamente con aquella obra de la que hace parte esta canción:


 

Ps. Perdón por la torpeza.

20 de julio de 2011

Further On (Up The Road)(2002): "... Una canción sonaba en su interior ahora..., aunque no se trataba de música, sino que era sólo el sentimiento de una canción. Y la empapada pesadez de la paz entumecía sus miembros, de manera que sólo gracias a su firme determinación conseguía moverse. ¿Por qué continuaba su camino? ¿Por qué no echarse a descansar allí mismo sobre el fondo de su máxima humillación y por un rato asumir su contenido?
Pero siguió adelante".
Carson McCullers. El corazón es un cazador solitario. 1940

 

11 de julio de 2011

Canto (El mismo dolor) (2004): Hace dos entradas comentaba mi reconciliación musical con Fito Páez. La adolescencia después de la adolescencia. Pero el viaje a España también fue definitivo para mi reconciliación con la música de Enrique Bunbury.

A principios de la década pasada y sin haber gustado nunca de la obra de Héroes del Silencio, las canciones de Bunbury casaron a la perfección en aquel imaginario personal lleno de canciones desérticas de forajidos con el alma agrietada que entonces construía. Algunos años más, luego de entrevistarlo, desmenuzar sus discos y verlo dos veces en concierto, me tropecé con la fortuna en forma de un disco doble llamado "El tiempo de las cerezas" en el que Bunbury compartía autoría con Nacho Vegas. En comparación con las canciones de Vegas -a quien conocí hasta entonces- y su propio repertorio previo, las de Bunbury me resultaban flojas y decepcionantes. Me sucedió lo mismo con "Helville Deluxe" (2008) y dejó de interesarme casi por completo, sin mencionar su millonaria gira con su grupo adolescente. Pero Bunbury volvió a sorprenderme con "Las consecuencias" (2010), tan buen sabor de boca me dejó que la distancia fue disminuyendo al punto de descubrir que sus viejas canciones no eran las únicas que habían envejecido bien.

Una tarde rumbo a Valencia con Andrés Correra hicimos escala en Zaragoza, tuvimos tiempo para visitar la Plaza del Pilar, la mítica Sala Oasis donde fue grabada una parte de "Pequeño cabaret ambulante" (2000) y ver en directo a la banda de su antiguo guitarrista Rafa Domínguez. Lo anterior, sumado a "Las consecuencias" y a que el preciso documental "Porque las cosas cambian" -recién salido del horno- me recordó que mi vida está muy ligada a las canciones de Enrique Bunbury, bastó para desenpolvar sus discos, dar play como antes y comprobar que el tiempo no cura nada.

 

9 de julio de 2011

Vuele bajo: Esta mañana me llamó mi tía Nelsa a contarme que a Facundo Cabral lo mataron en la madrugada de hoy. Un poco absorto reparé en su expresión "lo mataron", un poco obvio le pregunté si en serio había muerto asesinado. La respueta de mi tía se diluye en mi memoria reciente pero estaba impregnada de un total desencanto, como si no le resultara sorprendente lo fácil que es encontrar un sicario muerto de hambre en cualquier parte del Tercer Mundo dispuesto a lo que sea. Entendí.

Mi relación con la música de Facundo Cabral, como tantas otras, está directamente anclada al vetusto armario que mi tía tenía lleno de casetes hace más de media vida mía. Algunos sábados en la mañana escuchábamos las letanías de Facundo mientras ella ordenaba y yo hacía alguna pendejada. Alguna vez lo vimos juntos en El Campín al lado de otros viejos trovadores.

Hace tres o cuatro meses, y no sé cómo explicar esto, la figura de Facundo Cabral se convirtió en una pequeña obsesión para mí. No eran buenos días, eran tristes y apagados pero una melodía resonaba en mi cabeza, sabía que era de él y que él la cantaba. Entonces empecé a buscar, leí entrevistas y biografías suyas estableciendo conexiones directas con algunos de mis cantautores favoritos como Roy Orbison o Merle Haggard -mitomanía, lo llaman algunos-, escuché algunas de sus muchas canciones que me devolvían al cuarto de Nelsa y a su vetusto armario, hasta encontrar la que necesitaba. No sabía que se trataba de una de sus grandes obras, una oración bellísima que hizo efecto en mí de manera contundente. Luego volví a él como quien va a una terapia. Así fue.

Justo ahora sólo me embarga un profundo sentimiento de asco. Seguro que él no lo consentiría.