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12 de mayo de 2012

Mama, you've been on my mind (1970): Alta traición. Alta tensión. Hipertensión. Reanudación de hostilidades. Y una canción que ha caído como anillo al dedo.

Perhaps it's the color of the sun cut flat
An' cov'rin' the crossroads I'm standing at,
Or maybe it's the weather or something like that,
But mama, you been on my mind.

I don't mean trouble,
please don't put me down or get upset,
I am not pleadin'
or sayin', "I can't forget."
I do not walk the floor bowed down an' bent,
but yet, Mama, you been on my mind.

Even though my mind is hazy
an' my thoughts they might be narrow,
Where you been don't bother me
nor bring me down in sorrow.
It don't even matter to me
where you're wakin' up tomorrow,
But mama, you're just on my mind.

I am not askin' you to say words
like "yes" or "no,"
Please understand me,
I got no place for you t' go.
I'm just breathin' to myself, pretendin'
not that I don't know,
Mama, you been on my mind.

When you wake up in the mornin',
baby, look inside your mirror.
You know I won't be next to you,
you know I won't be near.
I'd just be curious to know
if you can see yourself as clear
As someone who has had you on his mind.

 

21 de abril de 2010

Visions of Johanna (1966): Fue el mes de Abril más gris y húmedo que recuerde. Bogotá estaba oscura, llena de paraguas y de pañuelos de papel en los bolsillos de las personas, llena de charcos transparentes que devolvían reflejos a la gente que los miraban con sus rostros amortajados. Un Abril roto y corto de dos semanas apenas, o tres.

Los días largos eran vecinos de las noches cortas y los pensamientos inevitables. El trayecto en colectivo hasta el Hospital San José lo pasaba mirando cómo las gotas de lluvia se rompían contra el cristal de las ventanas o abriendo sobres de monitas del álbum Panini del mundial de Alemania 2006. Desde la calle 13 hasta el hospital todo apestaba: los vendedores ambulantes, los mendigos, los rateros, las monjas, los pobres, los ricos, mis manos yertas, el cigarro en mi boca, todo.

En el hospital la situación era insoportable. El corazón inquebrantable de mi abuelo Humberto, arrodillado frente al padre carpintero del Cristo, contrastaba con su mirada vencida que intentaba disimular para no contaminar de derrota a sus cuatro hijos. Recuerdo en sus manos los panes y las veladoras que ofrendó esa Semana Santa.

Ya de noche, en la casa, guardábamos el pan en una canasta y prendíamos la veladora junto a la Virgen María que aún permanece en el antejardín. Sentados en la sala le enseñaba las monitas del álbum deteniéndome en los cracks, al tiempo que sus pies descansaban en un cojín viejo que ponían en el piso todas las noches mientras miraban televisión.

La noticia llegó con una mañana de viernes en la que el frío espantaba el aliento. Yo escribía las primeras líneas de mi tesis cuando escuché el teléfono y luego a mi papá subír las escaleras y balbucear fuertemente lo que nos temíamos. Llamé a Wolf y le conté también. La tarde anterior a la salida del Hospital San Ignacio -después de un traslado inútil- rompí en llanto lejos de todos, negando lo evitable y lo inevitable.

Una semana después, de regreso casa, el disco de Dylan sonó una y otra vez; y todo el camino aquella extrañana canción. Las cenizas de María Ana, mi abuela, se las había llevado el río dejando intacto a ese dolor insaciable que me controlaba. En mi habitación volví al único refugio tibio en medio de esa sensación fría de abandono irreparable: esa canción de Dylan que contiene aquel verso que reza "la radio de música country suena bajito pero no hay porqué apagarla".

Las visones de Johanna me traen consigo a María Ana Vega Montero. Siempre.

 

25 de febrero de 2010

Handle with care (1988): Huérfanos de padre y madre, y sin dios al qué pedirle algo porque ya tenían todo; los cinco hermanos Wilbury se encontraron por casualidad una tarde de Abril de 1988. Fue en la granja del segundo más viejo, Lucky Wilbury. El hermano medio, Nelson Wilbury, tenía una canción en la cabeza pero no tenía un nombre para ella; de pronto reparó en una frase que se encontraba impresa en una caja de madera en la que su cuarto hermano, Otis, se hallaba sentado.

Otis, al igual que sus cuatro hermanos, era un genio musical y un productor como ninguno. De hecho, era tan bueno que un año atrás había producido el último disco de Nelson y al año siguiente produciría los discos de Lefty y Charly, los otros dos hermanos; el más viejo y el menos viejo, respectivamente.

Volviendo a la frase en la caja, mientras sus hermanos conversaban sobre su horfandad de padre, madre y dios; Nelson supo que dicha expresión era el nombre para la canción que le estaba taladrando la cabeza. Tomó la guitarra y cantó para sus hermanos "Trátalo con cuidado". De la caja a la canción.

Lucky no perdió tiempo, salió de la granja derecho a quitar los trapos que protejían los equipos de su estudio de grabación. Enchufó todo, llamó a sus hermanos y se encerró con ellos a grabar "Trátalo con cuidado". Otis y Nelson se encargaron de la producción. Los cinco tocaron guitarra y cantaron. El más viejo, Lefty, que además se había inventado el rocanrol, decoró la canción con su voz maravillosa para convertirla en una obra maestra. Luego murió.

Los hermanos Wilbury, que ahora eran huérfanos de su hermano mayor, nunca más fueron los mismos a pesar haberlo intentado una vez más. Otis volvió a dirigir una orquesta de luz eléctrica; Charly, el menos viejo de todos, continuó liderando su pandilla de rompecorazones; Lucky se perdió de nuevo entre las cajas de su granja porque no quería ser dios, aunque sabía que lo era; y Nelson, el dulce Nelson, se fue a Japón en compañía de su amigo Eric a tocar la viejas canciones de un grupo que tuvo en Liverpool.

Once años después, Nelson siguió los pasos de Lefty hasta encontrar el cielo de los mejores cantantes y guitarristas de rocanrol.

Hoy Otis, Lucky y Charly han soplado 67 velitas en nombre de Nelson y han cantado "Trátalo con cuidado" en su nombre.